Después de años en la “escena”, llegó el momento de dar un paso al costado. No es una decisión impulsiva ni fruto del enojo o el cansancio; es el resultado de una claridad que solo el paso del tiempo puede entregar. La escena cambió… y yo también.
El metal fue mi refugio, mi escuela y mi forma de entender el mundo. Me dio identidad cuando no sabía quién era, me dio propósito cuando todo parecía perder sentido, y me dio hermanos en medio del ruido. Pero con los años he visto cómo aquello que alguna vez fue auténtico, pasional y fraternal, se fue desgastando. Hoy, en muchos rincones de la escena, lo que antes se hacía por convicción ahora se hace por conveniencia.
Productores que lucran con la pasión ajena, bandas que se amoldan para “encajar”, público que aplaude más la apariencia que la verdad. La energía que antes nacía del alma hoy parece impulsada por el algoritmo.
Y dentro de la propia comunidad, esa rebeldía honesta que nos unía se ha diluido. Ya no se trata tanto de sentir, sino de figurar. Todo gira en torno a la validación, a las apariencias, a pertenecer a una imagen vacía de lo que alguna vez fue una hermandad. Aquella vibración sincera —la de los ensayos interminables, los conciertos en bodegas frías, las conversaciones que duraban hasta el amanecer— ya no se siente igual.
No digo esto con resentimiento, sino con una mezcla de nostalgia y lucidez. El metal me dio cicatrices, risas, derrotas y victorias. Me enseñó a resistir, a crear, a ser. Pero también entiendo que ya no es el mismo lugar y no quiero estar ahí.
A quienes aún viven el metal desde el corazón, sin caretas ni intereses, les dejo mi respeto más sincero. Sigan manteniendo viva la chispa que alguna vez encendió todo esto. Esa llama que no necesita reflectores, solo verdad.
Seguiré creando, componiendo y explorando. Pero lo haré desde otro lugar: uno más libre, sin etiquetas ni banderas, donde el arte vuelva a ser un acto de honestidad, no una obligación de pertenecer.
El fuego sigue encendido, solo que ahora ilumina un camino distinto.